Miguel Carbonell Una relación tormentosa

    Publicado en marzo 13, 2012

    El poder terrenal y el poder divino se han enfrentado con enorme dureza durante siglos

    La relación entre el Estado mexicano y la Iglesia católica ha sido tormentosa durante siglos. A través de distintos episodios históricos, el poder terrenal y el poder divino representado por la jerarquía eclesiástica se han enfrentado con enorme dureza, demostrando altas dosis de intolerancia por ambas partes.

    Recordemos que, muy al inicio del siglo XIX, la Iglesia logra imponer en la Constitución de Cádiz de 1812 (que estuvo vigente en México, al menos en teoría), un artículo según el cual la religión permitida en España y en sus colonias era la católica, a la que se consideraba como “la única verdadera”. El primer texto constitucional propiamente mexicano, el Decreto Constitucional para la Libertad de la América Mexicana promulgado en Apatzingán en 1814, señalaba que “La religión católica, apostólica y romana es la única que se debe profesar en el Estado”.

    Se intentó en ese entonces imponer de forma obligatoria una religión única para todos los habitantes de México, cuando en otros países ya se había instalado con fuerza el dogma de la tolerancia religiosa.

    Con el tiempo el péndulo fue oscilando hacia el otro lado y, con las llamadas “leyes de reforma” de la segunda mitad del siglo XIX, se le quitaron todos los bienes a la Iglesia y fue desconocida su personalidad jurídica, lo que equivale a decir que desde el punto de vista jurídico la Iglesia prácticamente no existía.

    Así se mantuvo a lo largo del siglo XX, dando lugar a todo tipo de querellas e incluso a ese lamentable episodio sangriento que se conoce como la “guerra cristera”, que tantos muertos y tantas heridas históricas dejó tras de sí.

    No fue sino hasta 1992 cuando mediante una profunda reforma al artículo 130 constitucional les fue reconocida la personalidad jurídica a todas las Iglesias y el derecho de asociación en materia religiosa. Ese artículo constitucional fue reglamentado por la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público, del 15 de junio de 1992, en la que se detallan las reglas a seguir para el reconocimiento de las distintas iglesias y los límites a su actuación. Una cuestión relevante de dicha ley es que establece que la autoridad competente tratándose de cuestiones religiosas es la Secretaría de Gobernación del gobierno federal. Otro dato interesante es que dicha ley no ha sido reformada desde entonces, pese a la intensidad del cambio normativo que suele caracterizar a nuestros legisladores.

    No cabe duda de que la reforma de 1992 supone un avance para las iglesias y un intento de “normalización” de sus relaciones con el Estado mexicano. Pero los beneficiarios de dicha modificación no quedaron contentos y hoy reclaman más espacios, sobre todo buscan tener medios de comunicación propios y un espacio en el ámbito de la educación pública.

    Seguramente el papa Benedicto XVI traerá en su mochila la lista de temas que la jerarquía católica considera pendientes. Se trata de una posición válida, desde el punto de vista de la defensa de sus intereses.

    Pero también es válido que los ciudadanos mexicanos defendamos el carácter laico de nuestro Estado, el cual fue ganado con mucho esfuerzo y con mucha sangre. El Estado laico es una condición indispensable para que se pueda realizar la democracia, pues supone que las políticas públicas estén separadas e incluso que sean ajenas a las convicciones religiosas de los gobernantes. Además, el Estado laico permite que exista una plena tolerancia hacia todas las opciones religiosas, incluyendo desde luego el derecho a no profesar ninguna religión.

    Nadie duda de que el fenómeno religioso es importante y que debe ser protegido por las leyes. Millones de personas en México y en el mundo consideran a la religión como una parte muy relevante de sus vidas. Pero no olvidemos que el ejercicio del poder político es otra cosa. Cuando religión y política se mezclan, perdemos todos.

    Bienvenida la visita de Benedicto XVI, jefe de Estado del Vaticano y líder espiritual de miles de millones de personas alrededor del planeta. Estoy seguro que su presencia en territorio nacional servirá como recordatorio de las más profundas convicciones de los mexicanos. Lo que la enorme mayoría de nosotros queremos es libertad religiosa, sí. Pero también separación clara entre las iglesias y el Estado.

     

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